Reencuentro con la Musa (Bajo Luz de Estrellas)


Un buen amigo de mi padre, don Pedro Moreno, el padrino del rocanrol allá en Saltillo, Coahuila, me ha pedido que haga un recuento de mis trece bandas favoritas post año dos mil, es decir los pesados del nuevo milenio, mis gallos del siglo XXI. No conforme con tal delirio, me pide que elija una de entre las trece, y le dedique un texto en especial. Que saque mi carta fuerte, aquella agrupación predilecta de los últimos veinte años a la fecha, una a la cual yo quiera confesarle mi admiración y mi absoluta fidelidad, mi agradecimiento por la música que nos regala dicho artista en las entrañas de la interred. Y he debido escoger entre varias que me parecen excelentes, como Arcade fire, Tool, Massive Attack, NIN o los Arctic Monkeys; eso sin mencionar otros géneros y anexas, llámese rap, reggae, metal, progre, jazz, folk, indie, world music, tecno, y un largo etcétera de infinitas ramificaciones y fusiones. He tenido pues que seleccionar una propuesta de entre todas esas tribus de música chida, agrupaciones generalmente contraculturales, o de plano anarquistas, sin cuyas piezas únicas, la vida me sería insoportable.



Sin más preámbulos sonámbulos, les confieso que al final, me decidí a escribir sobre la Musa, o Muse, un trío de poder como pocos se hallan visto en la historia del rock, una estirpe que incluye a caudillos trípticos como The Jimi Hendrix Experience, Nirvana, Green Day o Morphine.


Ilustración Original de José Agustín Ramírez

Entre ese firmamento estelar, grabado en las rocas eternas, Muse es una joya intemporal que roza el progresivo, pero también obsequia piezas breves, inspiradas e inolvidables, al menos para un melomaniaco como yo, y debo agregar a mi novia, ambos adictos al virtuosismo, la garra y talento que fluye como manantial en la música de la Musa, digna heredera de los grandes compositores del rocanrol.



Pues bien, he elegido este grupo en particular, porque recientemente nos arrebató el corazón por varias horas, a la bella Karen y a este su narrador, con su magnífica interpretación en vivo, una experiencia demoledora y visionaria, que marcó nuestras vidas con un antes y después, como solo pueden hacerlo esos rituales masivos, en las alturas que alcanzan los buenos conciertos. Uno de los últimos grandes eventos, por cierto y por desgracia, a los que pudimos asistir juntos, antes de que la estúpida pandemia viniera a arruinarlo todo, especialmente en el mundo de la música, o al menos, ese es el aspecto que más me ha dolido a mí y a muchos. Pensar en ese concierto de Muse y ahora sentir la lejanía con los espectáculos en vivo, es algo muy lamentable.



Yo apenas comenzaba a redescubrirlos, envuelto en mis aventuras de terciopelo azul, derivadas de un reencendido romance con esta fina dama, que hace un par de abriles, se dignó a retomar conmigo una relación perdida y añorada, pero desbandada hace más de veinte años, allá por los noventas.

Ambos, ella y yo, compartimos este gusto por la música exquisita de Matthew Bellamy, el expansivo e iconoclasta líder de la banda, a cargo de la guitarra y los teclados, además de vocalista excepcional, y su compañía: Christopher Wolstenholm en el bajo y Dominic Howard en las percusiones.



Los cuales concedieron un espectáculo brillante, que nunca decayó en su potente energía, con un frontman de poderes cercanos a un superhéroe, cuya voz rebelde y letras incendiarias, salidas de una supernova de libertad incondional, llenaron nuestra noche con un éxtasis de lujuria y gula musical.

De sobra está decir que el nombre de su asociación: La Musa, resuena profundo en mi alma por razones personales, pero los disfruto desde que comencé a oírlos hace años, particularmente desde su cuarto disco, Black Holes & Revelations (2006), que me parece una obra maestra del rock.



Pero me prenden especialmente en estos días, los más recientes y mejores de mi vida, estos que he pasado con la hermosa Karen, bendecidos como aquella noche de rotundo rocanrol, cuando cantamos las rolas de Muse, a todo pulmón, en ese concierto magistral, que ofrecieron en la neo Tenochtitlán. Fue hace apenas unos meses, pero ahora parecen tan largos y lejanos ya (escribo todo esto en el fatídico 2020, en Cuernavaca Morelos, para referencia espaciotemporal). Como les comentaba, todo esto ocurrió antes de que los eventos públicos de rock y etc. se volvieran algo prohibido, si no es que imposible.



Pero estos recuerdos fugaces, con el amor suave e intenso de la preciosa Karen, son mi tesoro secreto, y ahora también Muse es una llave para abrir ese cofre celestial, y estalla como fuegos artificiales, al ritmo frenético de la música apasionada y casi histérica de mi querida Musa, un rock único como el adn o las huellas digitales, audiofractales que pueden llenar tus sentidos con una experiencia total, durante casi tres horas de concierto ininterrumpido, con guitarrazos legendarios y una voz inquebrantable: Matt Bellamy y sus cumpas nos recetaron una dosis de placer inenarrable, a través de grandes canciones como: “Starlight”, “Super masive Blackhole”, “Madness”, “Resistence”, “Nights of Cydonia”, “Thoughts of a dying atheist”, “The Dark side”, etc., etc…


Para concluir, por si no ha quedado claro, aparte de que la discografía completa de Muse es genial y se puede disfrutar del alfa al omega, o sea desde el primero hasta el más reciente, y de reafirmar que sus presentaciones en vivo son una tormenta eléctrica muy recomendable, para el espíritu vagabundo del rocanrolero aguerrido, la Musa ahora significa para mí el retorno, el reencuentro, el rencender la fogata de un amor perdido, con la última chispa celosamente protegida por tantos años, un brindis por el hallazgo de una buena mujer, que aunque usted no lo crea, me ha correspondido, y así la Musa se ha coronado en mi reino, como parte imprescindible de esta travesía, augurio incandescente de un romance gitano, un nuevo despertar a la vida, un renacimiento inmerecido e inesperado, que me ha motivó incluso a escribir otra vez, como siempre quise, entre mis más grandes anhelos.



Todos se vuelven uno en estas letras, esta carta de amor para todas las musas de las bellas artes, por el talento, el ingenio y la sangre vertidas por la causa, para Karen, por su gran belleza interna y externa, para Matt y compañía, y para todos los soñadores que se inspiran esta y todas las noches de la Tierra, bajo la Luna y el Sol, quienes aún inventan artificios novedosos, a pesar de las inclemencias de los tiempos, mis respetos para aquellos que todavía se levantan a escribir, a componer, crear o cantar, va mi saludo para todos nosotros: No hay límite a donde podemos llegar, si soñamos todos juntos...

¿Estas soñando lo mismo que yo?




 

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