Tributo rockero para José Agustín en el Alicia (Naufragio en un Mar de Música|parte II)


Como les estaba diciendo, este texto es la continuación a la primera parte del verbo leído en el Mutliforo Alicia, en honor al extrañado escritor José Agustín. Y rezaba más o menos así:


De izquierda a derecha: Jesús Ramírez Bermúdez, Agustín Ramírez, Juan Villoro, Iván Nieblas "El Patas", Pati peñaloza, Claudia Aracelí

¡Hola marinebri@s, viajer@s e inmigrantes! Sean todos bienvenidos a bordo de este recuerdo reciente, de un evento llamado “Platicando de José Agustín en el último Hoyo Fonki de México”, que ocurrió en el Multiforo Alicia, un 23 de marzo de este turbulento 2022. ¡Y vaya noche, qué público, que santuario y qué espectáculo! el que nos reunió allá, en esa ecuación del tiempo y espacio, para celebrar la vida y obra del gran escritor José Agustín, mi padre por cierto, y la llama que nos congregó e iluminó allí, aquella noche… Estuvimos ahí con el gran escritor don Juan Villoro, quien no necesita presentación, si usted sabe de las letras mexicanas, pero a pesar de sus multiples compromisos internacionales, tuvo la amabilidad de aceptar nuestra invitación sin pagarle ni un centavo, pues el evento fue gratuito; Todo se realizó con el apoyo de mis hermanos, Andrés que puso los libros del jefe de parte de Penguin Random House, su casa editorial, y el doctor neuropsiquiatra Jesús Ramírez Bermúdez, que también subió al escenario a compartir unas palabras sobre nuestro padre; Así mismo se presentó la camarada Paty Peñaloza, para ejecutar un sentido panchormance audiovisual, y sin olvidar a Iván Nieblas “El Patas”, periodista cultural y locutor de rock, quién igualmente sacó a relucir las cicatrices que la mala educación de mi jefe le ocasionó. En la parte musical estuvieron Fausto Crossroad, Teresa Cienfuegos y las Cobras y para cerrar, como cereza del pastel, el camarada Belafonte Sensacional (¡…cho gusto Carnaval!), todos los cuales le dedicaron sus afinadas notas y distorsionados guitarrazos a mi honorable progenitor, y su deslumbrante paso por la literatura nacional.

De vuelta en mi choro: Hoy en día, desde el accidente, debo reconocer que don J.A. regresó a sus viejos amores generacionales: al rock psicodélico de los sesentas y sus canciones más queridas, entre boleros y sones, para darme las últimas lecciones de mi Skull of Rock. Así fue como, recientemente descubrí, entre sus miles de discos, acetatos, compactos, videos y hasta casets, una joyita repleta con algunas de esas bandas, sus más secretas, que recolectó en esa antología, una antigua cinta, a la cual no le escribió nada, ni un título ni el listado de canciones, cuando siempre lo hacía, con su letra tan pequeña y manuscrita, pero tratando de que fuera legible, cosa rara en él. Siempre redactaba el riguroso orden de las rolas, donde la antología dejaba registro de su estructura, pero no esta vez, esta cinta estaba forrada simplemente de papel bond: Era La Cinta Blanca, según él, muy maestro Zen, como en honor a uno de los mejores y más maduros discos de los Beatles: The White álbum.



En ella había muchas rolas de Pink Floyd, de las más recónditas, salidas del Ummagumma, o el Atom heart mother, el Meddle, y el Obscured by clouds intercaladas aquí y allá en la trama, como sueños recurrentes. Después, seguía una delirante de Alvin Lee y sus Ten Years After, luego la Steve Miller Band; bandas perdidas cual ancestrales culturas de la Atlántida, como los Fugs, Country Joe & the fish, los Hawklords, Vanilla fudge, Love, The new Riders of the Purple sage, Earth Opera, The Incredible String Band, Savoy Brown, H.P. Lovecraft, Spirit, The Family, Mott the hopple, o Fever Tree, etcétera, fueron otros de estos vetustos jipis favoritos de mi padre, los cuales sin embargo se opacaron por las estrellas más brillantes, como The Who, The Byrds, los Beatles, Led Zeppelin o los Doors, Janis, y Hendrix.


Discoteca colección privada de José Agustín

Pero así también, mi jefe, alias José Agustín, amó a estos rocker@s intensos y talentosos, aunque poco apreciados. Los coleccionó en acetatos y después en compactos, consiguiéndolos con mucho trabajo de explorador, revisando los rincones de las mejores tiendas de discos del mundo. Al escucharlas, su rostro se enciende y comienza a corear las canciones como si su memoria estuviera aún en plenas funciones, respondiendo correctamente un 80 % digamos, de cualquier duda que uno le pregunte al respecto, pero hay que tomar en cuenta que diseñó esa cinta, en primer lugar, para acompañar sus últimos viajes de LSD en Cuautla, cuando yo y mis hermanos éramos solo unos escuincles.



Durante nuestras vidas, mi capitán tuvo muchos camaradas que le compartían muchas buenas bandas y grandes discos, gente común como el amigo Beto Blenda, un gordito pecoso acompañado de su amable esposa, quién grababa y vendía en las calles de la gran ciudad sus casets (de audio y video) salidos directo de sus compactos VHS's y Lasserdiscs, siempre muy selectos. Constantemente nos visitaba y llenaba esta Casa ke Canta con la mejor piratería, y nos compartió bandas darketonas geniales como los Sisters of Mercy, Field of the Nephilim, Peter Murphy ó Love and Rockets.



Otro camarada imprescindible es Pedro Moreno, que entre mil y una grandes bandas, nos reveló a Arcade Fire, o los White Stripes. Consiguió que Santa Sabina le dedicara a José Agustín un concierto en vivo, al que asistimos toda la familia en Saltillo, those were the days. Pedro fue un comparsa de viajes norteños de mi jefe, y a la fecha nos sigue aleccionando a través de la Isla de Encanta, nuestro grupo privado de facebuk para audiofílicos irredentos e irrockuptibles.



Como sus retoños, nosotros también lo llenamos de influencias musicales, complementando su discoteca con nuestros propios descubrimientos, en el caso de Andrés, con la electrónica, escuchamos a Dj Shadow, Moby y Massive Attack, que le parecieron geniales y lo llenaron de un entusiasmo similar al que produjeron años antes los Pink Floyds o King Krimsons. Mi hermano Jesús lo siguió por la vertiente del minimalismo y la clásica moderna, con Michael Nyman, Phillip Glass, Michael Brook, Gavin Bryars y los múltiples herederos de Brian Eno, a quien mi padre admiraba profundamente desde su Music 4 Airports y aún antes, cuando era miembro de la legendaria agrupación ochentera Roxy Music, y se volvió un asombroso solista, en una evolución similar a la de Peter Gabriel al salir de Genesis. Yo por mi parte, no lo dejé escapar sin conocer los ramificaciones del punk, hacia lo dark, el industrial, especialmente NIN, y me azoté como buen noventero con todo el Grunch, restos de la era del metal, alcanzando a los magistrales discos interactivos de Tool, que se compró felizmente por su propio gusto, mándandolos pedir por correo aéreo; Pero también lo fastidié con el reggae y el ska, el hip hop, las fusiones a lo Manú Chao.



Vagábamos, mis hermanos y yo, cada uno en años difererentes, por los pasillos convertidos en tianguis cultural de la facultad de filosofía y letras o el Chopo, afuera del auditorio "Che Guevara", adonde yo también iba a conectar mota, en las famosas Islas de la Ciudad Universitaria, como siglos atrás también nuestro padre lo había hecho. Y desde allá le traíamos, hasta la hermana república de Cuautla Mugrelos, nuestras ofrendas musicales, a ver que caras ponía, desde que comenzó a tragar a U2 y The Cure, hasta Jane´s Adicction o los Pixies. Y para mí, estas facetas abiertas al tiempo y visionarias de su contracultura, valen tanto como las lecturas de clásicos mundiales que de chavo, le compartió su muy culto compadre Gustavo Sainz.



Uno de los últimos que pudieron compartirle a José Agustín una banda que realmente le fascinó a un grado de fanatismo, fue mi querido camarada Braulio Elizondo, diseñador y artista multimedia que conocí en la prepa del CEDART Diego Rivera, y con quién tuve el gusto y privilegio de vivir un año en la Santa María la Rivera, donde me adiestró en las más increíbles variantes de la música electrónica, la más popular y la más subterránea, pero no fue de los raves a los que asistíamos ni de entre su adicción al Psychodelic Trance que me contagiaba, de donde extrajo su amor por la bandota Spiritualized, que según me decía, le parecía la única que aún representaba una esperanza ante la constante comercialización del rocanrol. Y es que en su disco en vivo, los Spiritualizados desatan un poder incalculable, y se rifan como los más grandes, en un concierto en el Royal Albert Hall que por poco le revienta el cerebro a sus asistentes. Lo mismo le pasó a mi papá, que lo escuchó y se enamoró desde la primera rola, y procedió a comprar todos y cada uno de sus discos por correo, incluso averiguó que antes se llamaban Spaceman 3, y también consiguió esos discos, dejándonos atrás con su adoración incluso a Braulio y a mí.



Y por último, les platico que ya después del maldito accidente de Puebla, pero cuando don J.A. aún podía manejar su auto y programarse su propio soundtrack para el día, hubo una temporada prendidísima, de varios meses, en los que no escuchó prácticamente otra cosa, enajenado con Spiritualized hasta niveles de éxtasis, como si de una droga intergaláctica se tratara, traficada por el mismísimo Palmer Eldrich, personaje insólito del maestro Phillip k. Dick…. Y por eso, y muchos paros más e interminables armonías gratis, es ke le estoy infinitamente agradecido al Braulio, alias Browser, alias Morpho, alias Dj Hiperpunk, abrazo hasta allá, en la Neo Tenochtitlán, my good old friend, dear Soul Broder.

Mis jefes, por su parte, también tienen extraños vínculos musicales, aunque sean tan diferentes: él es carnívoro, alcohólico irredento y ella vegetariana y siempre ha sido abstemia; A Margarita le gusta Enya, Bach y la religión católica, y a él Bob Dylan, los Rolling Stones y creo que es medio ateo, o quizás cristiano bajo protesta, con rastros de zen budismo; Pero ambos aman a Los Beatles, a Neil Young, Donovan y Elvis Presley.



Hace siglos, mi Darth father enfrentó el canto de la sirena, Angélica María, pero superó las tentaciones de una vida televisada, y gracias a Dios porque si no yo ni hubiera nacido. Sobrevivieron juntos también al paso de mi padre por los calabozos de la dictadura perfecta, a sí mismos, a las drogas y al amor libre, a la gran revolución cultural de la que fueron protagonistas, a los cambios radicales en la política mexicana, desde aquellos días de amor y paz, hasta nuestros tiempos oscuros, de tenues esperanzas libertarias. Y aún ahora, mientras lees este verbo mareador, están juntos en ese viejo pacto sagrado. Creo que son irrompibles, a prueba de todo. Y me parece especialmente valioso haber tenido la suerte de atestiguar la resistencia de esta unión, pues es algo digno de admirarse, tanto o más que los libros escritos por mi padre.



Hoy en día, mi mamá y yo somos los últimos marineros que deambulamos por la cubierta de este navío fantasma, el barco de José Agustín, nuestro capitán con amnesia, a quien no estamos dispuestos abandonar, hasta que la nave se hunda. ¿Acaso no se lo merece?, ustedes lo saben, él no necesita presentación: El Jefe siempre fue, es y será un gran artista de La Tumba a la cuna y viceversa, puro genio y figura, pa ke + que la pura verdad, un viajero intrépido que se atrevió a ir más allá de las puertas de la percepción, forzó la cerradura y derribó una muralla de malas lenguas, exploró los siete mares del alma y siempre volvió para contarlo, como un viejo lobo de mar, les decía, hasta que un día ya no regresó. Estos son los símbolos marineros que dan forma al laberinto sumergido de mis recuerdos.



Pero la reminiscencia medular de mi padre, para mí, siempre será verlo escribiendo, incansable, en el viejo escritorio de madera de su estudio nocturno, iluminado por una luz amarilla mortecina, bajo las estrellas privilegiadas del atardecer zodiaco, mitológico y alquimista; Viene a mi mente la carta del Mago, del Tarot de Rider, el que él consultaba, sacada al azar; O míralo allí, hace más de treinta años, sentado como un lagarto bajo el Sol de su jardín, junto a la gran piedra y sobre una toalla blanca en el Pasto Verde, bebiendo una cerveza o un coctel, bajo Las Brisas que mecen las ramas de una palmera que sembramos juntos, regresando de las playas de Papanoa, en el mar abierto del estado de Guerrero, su tierra.



Me recuerdo a mí mismo escuchando un Mar de Música que aun truena en mis oídos, desde el fondo de una concha de caracol ermitaño. Aquí permaneceremos, hasta que vuelva a salir el sol que acompañaba a mi padre a todas partes, con un calor intenso que ha sabido compartir con todos sus lectores mexicanos y extranjeros, a través de sus letras, cautivando a un selecto clan de mentes abiertas, radicales libres, fieles de un mito que no sabe morir, a quienes ahora invito en cada puerto, como voluntarios para un naufragio, en este Mar de Música. Los invito a esta, nuestra fogata playera de historias sin tiempo.

Muchas gracias, familia. Salud.



 

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