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SNAILS: (Micro relato)

Por: Estela Calápiz



Lentamente, el anciano regresó a la cueva, tras cerciorarse de que no quedara ninguno afuera. Esa noche no había luna, la oscuridad lo hubiera hecho tropezar con una piedra, pero eso nunca sucedía, porque el camino recorrido por tantos años, había dejado en sus viejos zapatos la guía de la constancia. El olor a hierba podrida y a mariguana dirigía su olfato.

Ese día habían llegado como quince turistas a probar los hongos frescos, que ellos mismos habrían de recolectar por todos los pantanosos pasadizos, cubiertos de moho, apenas iluminados por pequeñas lámparas oxidadas.

—Los mejores están en la profundidad —los alentaba el anciano, ofreciéndoles cigarros de mariguana, para iniciarlos en el ritual de agradecimiento, para que los señores de la cueva les alimentaran con la sagrada negruzca carne de sus entrañas.


El pequeño tamborcito resonaba siguiendo la primitiva voz, que entonaba una melodía en lenguaje extraño. Los turistas, acomodando sus mochilas de lona en la espalda, se recargaban en la húmeda piedra para fumar, cerrando los ojos al contacto con el humo que salía de un anafre, donde se quemaba en las brasas del carbón la resina olorosa del copal.


Terminada la ceremonia cada uno debería separarse para recolectar los preciados hongos y comer los que pudieran. El precio que pagaron por la excursión no era nada comparado conque no habría límite para comer la planta sagrada y llegar al nirvana.


Ilustración por José Agustín Ramírez

En la madrugada, cuando los jóvenes estaban totalmente drogados, el nativo volvió a tocar su tamborcillo, sentado en la piedra central de la cueva para llamar a los amos, babosos que se escurrían alrededor de él, e inundaban la cueva con su presencia, las paredes, el techo: eran miles sacando sus antenas para dirigirse como ríos por las laberínticas avenidas de la gruta.


Al vislumbrar los rayos del sol, el anciano caminó por los pasillos para ver que todo estuviera en orden. Quedaban algunos caracoles devorando los cuerpos de uno que otro joven que aún respiraba, mientras los pegajosos animalejos los chupaban. Algunos habían dejado sus babosas huellas en los esqueletos de los cuerpos que yacían en el lodoso suelo.



Más tarde, en el mercado del pueblo un viejo indígena daba de probar la delicia de los hongos sagrados a unos muchachos extranjeros que buscaban experimentar el Cielo en la Tierra en esa cueva, a donde los guiaría el insignificante hombrecillo por unos cuantos dólares.


Epílogo

“El pulpo tiene los ojos del pescador que lo atraviesa. Es de tierra el hombre que será comido por la tierra que le da de comer. Come el hijo a la madre y la Tierra come al Cielo cada vez que recibe a la lluvia de sus pechos. La flor se cierra, glotona, sobre el pico de pájaro hambriento de sus mieles. No hay esperado que no sea esperador ni, devorador devorado”.



 

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