NAUFRAGIO EN UN MAR DE MÚSICA|Tributo rockero para José Agustín en el Alicia


Ilustración original de José Agustín Ramírez

¡Hola marinebri@s, viajer@s e inmigrantes! Sean todos bienvenidos a bordo de este recuerdo reciente, de un evento llamado “Platicando de José Agustín en el último Hoyo Fonki de México”, que ocurrió en el Multiforo Alicia, un 23 de marzo de este turbulento 2022. ¡Y vaya noche, qué público, que santuario y qué espectáculo! el que nos reunió allá, en esa ecuación del tiempo y espacio, para celebrar la vida y obra del gran escritor José Agustín, mi padre por cierto, y la llama que nos congregó e iluminó allí, aquella noche… Estuvimos ahí con el gran escritor don Juan Villoro, quien no necesita presentación, si usted sabe de las letras mexicanas, pero a pesar de sus multiples compromisos internacionales, tuvo la amabilidad de aceptar nuestra invitación sin pagarle ni un centavo, pues el evento fue gratuito; Todo se realizó con el apoyo de mis hermanos, Andrés que puso los libros del jefe de parte de Penguin Random House, su casa editorial, y el doctor neuropsiquiatra Jesús Ramírez Bermúdez, que también subió al escenario a compartir unas palabras sobre nuestro padre; Así mismo se presentó la camarada Paty Peñaloza, para ejecutar un sentido panchormance audiovisual, y sin olvidar a Iván Nieblas “El Patas”, periodista cultural y locutor de rock, quién igualmente sacó a relucir las cicatrices que la mala educación de mi jefe le ocasionó. En la parte musical estuvieron Fausto Crossroad, Teresa Cienfuegos y las Cobras y para cerrar, como cereza del pastel, el camarada Belafonte Sensacional (¡…cho gusto Carnaval!), todos los cuales le dedicaron sus afinadas notas y distorsionados guitarrazos a mi honorable progenitor, y su deslumbrante paso por la literatura nacional.



Este entrañable recinto, el Multiforo cultural Alicia, fue escenario de grandes éxitos de mi jefazo, hace algunos abriles ya, como una presentación de su entonces flamante ensayo La contracultura en México (1996)

en la que debo mencionar, participó el muy extrañado Carlos Martínez Rentería, a quien de paso siempre le podemos mandar un brindis, aunque se nos adelantara adonde quiera que esté ahora, lo saludamos desde La Tierra hasta el Cielo. Y ya adentrados en el Valle de la Muerte, recuerdo que les pedí que levantaran sus vasos también, por favor, para decir salud por el maestro Charlie Watts y don Gary Brooker, geniales baterista y teclado/vocal de dos bandas inmortales, y de las más amadas por mi Pop: me refiero desde luego a sus Satánicas majestades y un viejo gato llamado Procol Harum, recientemente desencarnados, y ke en paz viajen por el Universo (a esos últimos, han ustedes de saber, los entrevistó mi pater, en su extraña visita a México en la era jipi, como narró en su ensayo La nueva música clásica, de 1968)… Pero también presentó en el Alixia su novela policiaca esotérica Vida con mi viuda (2004), recuerdo que se rifaron chido los cumpas de Austin Tv, y me puse tan hasta mi madre que desperté al día siguiente tirado en ese escenario, donde por cierto, alguna vez también entrevisté a Fidel Nadal, cuando chambié para el breve Much Music de México, en el canal 11.

Pero por si alguien no sabe quién carajo soy, les comento que yo tambor, me llamo José Agustín Ramírez, para servirles, y es que así se llama mi padre y un tío suyo antes que él. Fuimos nombrados así, mi jefe y yo, por el modestamente célebre compositor, emblemático del estado de Guerrero, el original José Agustín Ramírez, quién compusiera "La Sanmarqueña", "Por los caminos del sur" y "Acapulqueña Linda":



...entre otras muchas canciones que aún hoy, le dan vida a las fiestas y reuniones de los guerrerenses tradicionales y sus miles de invitados de toda la orbe; o al menos en sus buenos tiempos, José Agustín Ramírez y compañía fueron leyendas del Acapulco perdido, nuestro querido Lost Acapulco.



Así que aquí van unas hojas en honor a mi padre, don José Agustín, laureado y otrora joven e irreverente escritor mexicano, de mala fama y peor reputación, pero amado por los buenos lectores, principalmente libre pensadores, de tendencias zurdas y contraculturales, que mantienen vivo este atribulado país; Para todos ustedes, mi padre fue un símbolo libertario de los afamados sixties, muy al estilo de la generación beat. Fue un viejo lobo, si me lo permiten, que naufragó en un mar de música y silencio, de memorias y olvido.



El me enseñó a amar la música muy por encima del mundanal ruido, pues era un melomaniaco que crió a su familia, mi madre y dos hermanos incluidos, con música, historias e imágenes, desde que muy escuincles nos grababa audio casets que rotulaba Rock de Niños, en los que nos nutria el cerebro con los Beatles, los Rolling, Elvis y las oldies de sus tiempos. Llenaba las sala de música, a todo volumen, desde antes que yo naciera y hasta siempre después, con videos arcanos, misteriosos, arquetípicos conciertos caseros en videos Beta y VHS, tales como Woodstock, Monterey Pop, Pink Floyd en Pompeya o Alchemy de Dire Straits, para darle una pista sonora a nuestras vidas eternamente ligadas a la cultura y las artes.



Compartiéndonos entusiasta, como otro niño, pero sabio cual maestro Zen, las enseñanzas de Dylan, Cohen, Donovan y Randy Newman, mientras aderezaba las noches con las más insólitas lecturas infantiles, algunas de las cuales recitaba casi de memoria, como El Hobbit, Los Cuentos de los Hermanos Grimm, y las aventuras del Rey Mono. Pues era una enciclopedia con patas, un hombre ilustrado y hecho de historias, de letras vivas, con una memoria asombrosa, lo cual hace todavía más extrema la ironía de que esa noche celebrada en su honor no pudo estar allí, y esté retirado en su casa, con amnesia de lo reciente, desde cierto día casi fatal en un teatro poblano, de cuyo nombre no quiero acordarme.



La primera vez que mi padre perdió la memoria, fue dentro de un libro que escribió cuando era joven, al cual destinó el misterioso título de Cerca del Fuego. Se encontraba bien perdido, el gran escritor, don José Agustín Ramírez, rastreando la proporción aurea en la mente de su personaje, uno muy especial, entre los muchos que creó y a los cuales daba vida con el polvo de su propio mundo, con la arcilla de su lenguaje coloquial, preciso y encendido. Detrás de la gran piedra y el pasto, detrás de los muros gigantes y las calles oscuras, detrás de las páginas en blanco que regaba con la tinta negra de sus letras ardientes, habitaba mi padre.



Pero todo cambió después de ese primero de abril del 2009, pues a partir de esa fecha maldita, se desprendieron, como en efecto dominó, la posterior hidrocefalia, una operación en el cerebro para instalarle una válvula microscópica que salvó su vida y su mente de un deterioro definitivo, y también pusieron fin a siete años de whisky ininterrumpidos, que yo atestigüé azorado, debo agregar. Mi madre dice que sólo fueron cuatro años a lo mucho, pero para mí, se sintieron como siete, por lo menos.

Pero volviendo al tema, aun es un privilegio conversar con él sobre el pasado, lo que sí recuerda, y sobre las artes, la poesía que declama a diario, las lecturas de antaño, la música que echó raíces muy profundas más allá de cualquier deterioro cognitivo, un soundtrack que mantiene nuestras vidas a salvo de la zozobra total en este mar de música, de recuerdos cinematográficos, filosóficos, políticos, pictóricos, universales, históricos, mitológicos, maletas de viajes llenas de discos y demás tesoros, que abría frente a nuestras narices, tras contrabandearlos por las fronteras de E.U. y las Europas.



A pesar de nuestra melomanía compartida, yo, personalmente, nunca pude afinar una guitarra por más que amara el instrumento, aunque una vez me compré una, colaborando con el jefe, con el dinero que me pagaron por las ilustraciones que hice para su novela La Panza del Tepozteco (que por cierto estoy volviendo a realizar para una edición de aniversario, con Alfaguara). Recuerdo que me armé todo el equipo eléctrico para aprender (la lira, el bafle y el distor), pero no pasé de dominar el círculo de Sol y componer un par de canciones con mis amigos (algunos de los cuales ya han muerto, prematuramente). José Agustín, by tha way, también intentó aprender la guitarra, con la ayuda ni más ni menos que del más grande maestro guitarrista del Rocanrol: Javier Bátiz, a quién recuerda con harto cariño, cada vez que lo escuchamos, intermitentemente, con sus excelentes versiones del viejo blues.



Desde luego mein father tampoco desarrolló esas facultades, si es que las teníamos, mientras que, poco después de terminar sus truncas clases con el Javier, llegaría otro alumno súper dotado, conocido simplemente como Santana, quien pronto se apoderaría de todos los poderes del Bátiz y los multiplicaría en un auténtico sacrificio de su alma, allá por los años marravillosos. Así como con Bátiz, mi jefe rocanroleó con Alejandro Lora (aunque el Parménides fue más su cumpa) y Rockdrigo, que fue a la casa y tocó las de Hurbanistorias en la sala, y trabajó con el jefe en un montaje de su obra Abolición de la Propiedad.



Igual era cumpa de Jaime López (al cual tuve el privilegio de entrevistar para la revista Rolling Stone de México y me preguntó cariñosamente por él), o Cecilia Toussaint, quién lo acompañó en un evento cantando, la única vez que yo fui al LUCC; También colaboró con Real del Catorce, leyendo textos originales entre las rolas de un concierto, y han de saber que bandas como La Barranca, le han dedicado rolas a sus libros (“Cerca del Fuego”), lo mismo que el surf de Los Cavernarios, que le rindió tributo con las rolillas “Queta Johnson” y “Los Suásticos” referencias imperdibles de su novela circular De Perfil (1966).



Pero permítanme platicarles que también colaboré con mi papá en La cocina del Alma, no la columna menstrual que apareció varios años en la revista La Moska, sino en su versión radial, para Radio UNAM, donde me invitó a trabajar y revisamos, en 39 capítulos, la historia del Rock y su música predilecta, incluidos todos los géneros que ama, desde las tradiciones mexicanas, mucha música del mundo, la clásica y el jazz, o diferentes temas de dilemas actuales, como la guerra y la paz, dios y el diablo, las fronteras y migrantes, la ecología, etc., todo en torno a referencias musicales, y lo cual consistió en una especie de doctorado en mi Escuela del Rock casera y abierta. Ahí me descubrí como sidekick del mi padre, me convertí poco a poco, voluntariamente, en un personaje secundario de su historia (como Ismael, el de Moby Dick, que vivió para contarlo), un compañero a lo Sancho Panza para mi quijotesco padre, un bastón humano para su vejez adelantada, o al menos así ha sido hasta ahora, y no tengo protestas. (Continuará la próxima semana...)



 

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