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MIS ROMANCES ROTOS CON AMY WINEHOUSE (COMO MÚSICA DE FONDO)




La primera vez que escuché la voz de Amy Winehouse fue en aquel departamento de Unicornio #74, colonia Prado Churubusco, en un cuarto piso, justo debajo del cielo. Vivíamos allí, en la primera década del nuevo milenio, hace poco más de diez abriles, es decir alrededor del 2008, mi ex esposa y yo, en una aparente tregua de la locura que siempre acompañó a esa torcida relación. Pero muy pronto, todo ese tórrido romance terminaría volando por los aires, al ritmo cadencioso de las canciones de mi querida Amy Winehouse, como background soundtrack; Es decir, la pista sonora de un aterrizaje forzoso, la música de fondo para una inmersión en el abismo.



Vengan conmigo, entonces, si gustan, a un clavado rápido en las aguas de la noche, back in time, y volvamos a esa cálida oscuridad, hasta el sepulcro acuático de tus alas, sumergidas en aquel lago de terciopelo negro, es decir, Back 2 Black, if U will… Come with me, y prometo devolverlos pronto a sus vidas, sin un rasguño. Pero tendrán que testificar la leyenda privada, detrás mis cicatrices más profundas. Vengan, pásenle a firmar, esos que no tengan miedo o repulsión, al mal paso darle prisa.



Así que, por aquellos tiempos, yo trabajaba haciendo dictámenes en la editorial Patria, y además colaboraba en el periódico La Jornada y la revista Rolling Stone de México, escribiendo sobre cultura y rocanrol, etcétera, ya te la sabes. Algunos años antes había trabajado para el canal 11, haciendo entrevistas para una supuesta versión de Muchmusic aztecota; Así que, considerando este ridículum, los editores de la Rolling consideraron que bien podría realizar algunas más para su magazine. Entre ellas, recuerdo una con el gran Jaime López y otra a los miembros originales de La Barranca, donde trabé alguna fugaz amistad con Aguilera y compañía, entre ellos, Alfonso André, bataco de los Caifanes también.



Muy amables los valedores, andaban promocionando su disco Providencia, e intercambiamos toda su discografía por un buen cacho de la obra escrita de mi padre, don José Agustín, pues como dejaron en claro con su rola “Cerca del Fuego”, en honor al libro de mi jefe, los Barrancos son simpatizantes, que si no fans, de su literatura. En fin, entregué mi entrevista y se publicó en la legendaria revista, y como un pago extra por esa labor, se me ofreció reseñar discos nuevos, pues aun reinaban los cedés por aquellos tiempos añejos, y me regalaron algunos, como esos de muestra para los periodistas. Me acuerdo que uno era de Bjork, bastante x, aunque con colaboraciones de Anthony & the Johnsons; otro era de NIN, el Year Zero, muy chido como siempre, aunque no tanto como sus obras maestras, el Downward spiral y The Fragile.



Y el tercero era uno de una total desconocida para mí, y también para mi “X’s”, que era de buen diente para el rock & roll. Aunque resultó que, ya por entonces, Amy comenzaba a ser la sensación en Inglaterra, promoviéndose con un disco azul, con la foto en portada de una morra deprimida y desnutrida, pero muy bella, toda tatuada y con un peinado a go go, tipo la era del soul. Era una fotografía que quedaría para siempre marcada en mi alma, la imagen de una señorita llamada Amy Winehouse.


Ilustración por José Agustín Ramírez


Fue el último que escuché de los tres que me regalaron, pues no tenía ninguna referencia de ella. Pero resultó ser el mejor y más memorable, quizás el más trascendente de ese año, y pronto se volvería viral y tendría un éxito arrollador y contundente en México y el mundo. Ambos, mi exposa y yo, levantamos las orejas como perros de caza, al escuchar esas canciones bañadas en lágrimas de sangre negra, y fue un amor a la primera canción: con la tremendista “Rehab”, ya estábamos flechados, enganchados a la magia vocal de mi querida Amy, la última pequeña diosa del jazz.



Miss Winehouse, y su disco Back to Black (2006), se volverían, en un par de años, referente del mejor rock y soul moderno, un fenómeno retro pero recargado, un ícono del dolor femenino, de su fuerza y furia, de toda la oscuridad que puede brotar de un corazón roto, una cima nocturna del rocanrol en el nuevo milenio.



De vuelta a lo Negro es autobiográfico, y confesional, casi una novela de no ficción, sobre un amor trunco y fatal, que parecía salido de otra era, de un tiempo donde el alma de la música negra reinaba sobre el panorama musical. Y como venida de otro mundo, la pequeña Amy, pronto se convertiría en la primera y más efímera diva del siglo XXI. Cautivo al mundo de quienes saben escuchar, con su voz increíble, su belleza tan frágil, dulce y tierna, pero ya en franca decadencia, para cuando alcanza una merecida fama, por su insólito talento, versatilidad y virtuosismo.



Además, desnudó su alma, con su canto de sirena, exhibiendo ante el público una sinceridad abrumadora, mezclada con su lírica encendida, como una vela de llama muy intensa, que a duras penas resiste la tormenta. Esos acordes serían el telón perfecto para el colapso inminente de mi propia relación, entre aquellas cumbres borrascosas de la Prado Churubusco. Las melodías de Amy encendieron los tambores de mi propia guerra interna, y también contra una mujer que al principio pareció amarme, y a quién yo intenté amar también, pues estaba tan idiota y orate por esos días, que, si bien todo parecía advertirme del peligro inminente, de que nos hallábamos en curso de colisión con un inmenso continente de hielo, ignoré todas las advertencias que el destino me escupía a la cara.



Incluso cuando noté que ella estaba decidida a hundirse conmigo en un naufragio inevitable, y nos despeñamos en una barranca oscura, un precipicio submarino, sin comprender que nos enfrascábamos en un conflicto mayúsculo en el que ambos saldríamos muy malheridos. La nuestra fue una tragedia de enredos, en la que yo apostaba a perder hasta la vida, sin percatarme de que “El Amor es un juego para perdedores”, (o “Love is a losing game”, como reza Amy Jade en su séptima pieza de su álbum único e irrepetible).



Y todo esto tuvo que ocurrir, y nuestro romance gitano estalló como un corazón vuelto granada de fragmentación, antes de emprender ambos finalmente el vuelo, cada uno por su camino, en direcciones opuestas, por rutas invisibles en el laberinto de nuestra inconciencia colectiva, aleteando con esfuerzos sobrehumanos, como murciélagos apedreados, en la noche más oscura de mi alma.

Entre las extrañas razones de nuestra unión y separación, recuerdo que ambas, mi ex, y Amy, padecían de anorexia, y al regresar a nuestro departamento en Unicornio 76, desde luego no había nada que comer a parte de recortes de fotografías de pasteles y algunos chocolates para desayunar, en el refrigerador. Esto es un estilo de vida que muchos hombres y mujeres eligen, y que se complementa perfectamente con el consumo excesivo de drogas y alcohol, que matan el hambre pero cobran un precio muy alto.



Al consumo excesivo de bebidas etílicas en lugar de alimentos, se le conoce hoy en día como ebriorexia, y en eso, creo que yo estaba sintonizándome con la espiral descendente de mi nueva cantante favorita, mientras todos, mi exesposa Amy y yo, bajábamos de peso a gran velocidad, perdiendo el contacto con el suelo y la realidad inevitablemente.



Pero una tercia de años atrás, en mi idílico departamento del Unicornio 76, en la Prado Churubusco, donde situé el comienzo de esta historia, poco después de escuchar juntos el segundo y prácticamente último disco de Amy Winehouse, la Ex y yo pudimos apreciar que se trataba de una artista única, y estábamos en presencia de un álbum excepcional, devastador emocionalmente, pero perfecto en su estilo y ejecución.



Llamé de inmediato a mi jefe en la Rolling Stone de México y les dije que me encantaría escribir una reseña sobre esta nueva cantante que tenía todo para volverse legendaria, a deducir por aquel disco maravilloso: Pero me aclaró que ya tenían un texto que venía desde Inglaterra, en donde Amy se había convertido, tras publicar su disco, de la noche a la mañana, en una celebridad ascendente como la estrella más brillante del horizonte rocanrolebrio.



Visto a la distancia, Back 2 Black se ha vuelto una pieza imprescindible en la historia del jazz, del rock, y el soul, es una obra cumbre, como un anillo escrito con fuego, en esas páginas fulminantes y desgarradoras, del libro maldito de los romances rotos. Fue una diva precoz, ideal para el arranque funesto del siglo veintiuno, simbólica como un signo celeste, que denuncia todo lo que está mal con nuestra sociedad capitalista, ego centrada, con su culto infame a las personalidades enfermizas y su tendencia a la autodestrucción, completamente inconsciente.



Pero el alma que gritó todo su dolor en ese álbum genial, era un espíritu tan antiguo como alguna vez fue una joven y bella intérprete de canciones increíbles; Back to Black, se ha convertido en una habitación prohibida, habitada por el fantasma de miss Winehouse, enterrada viva en el Hotel de los Corazones Rotos; arrinconada en el sótano de un museo para las voces doradas; prisionera eterna en ese LP de vinilo, girando por siempre en su propio infiernito celestial, entre el mayor lujo y la peor miseria; habitante solitaria de un glorioso y romántico limbo rocanrolero.



Ni nosotros ni nadie hubiera podido imaginar que Amy se volvería una superestrella tan brillante y fugaz, que llevaría su increíble voz y lírica a cimas del rock pocas veces alcanzadas, y luego cruzaría con prisa el umbral de la muerte, para engrosar el selecto club de los veintisiete: Morrison, Janis, Hendrix, Brian Jones y Kurt Cobain.



Y ahora, me pregunto si estos viejos guerreros de la Roca Rodante reservarán un rincón, en su mesa del Valhalla, para el humilde compositor que fue Benjamín Keough, un nieto de Elvis “el Rey” Presley. Aunque en realidad, Keough fue un chef que vivió siempre batallando con la depresión, sofocado bajo el peso de la fama de su abuelo, por su parecido físico con él, y vivió intentando expresarse creativamente. Si bien, en el 2005 escribió algunas melodías y firmó un contrato con una disquera por unos nada despreciables cinco millones de dólares, nunca culminó el disco.



Ambos, Elvis y su nieto Benjamín, se las vieron difíciles para escapar de este mundo: Hace apenas unos días, el muchacho de 27 abriles se disparó en el pecho con una escopeta; Mientras que a su abuelo, don Presley, se le pasaron las pastillas de drogas legales y recetadas, pero igualmente adictivas y potencialmente mortales.



Todos ellos, en el selecto club de los veintisiete, y demás mártires del rock, celebres o desconocidos, son casos emblemáticos de esa ley que indica: “Aquello que brilla con más intensidad, se extingue más rápidamente”.

Respecto al timbre y el tono tan singular de la Winehouse, de contralto, han de saber que era un registro insólito y exquisito, más extraño aún de escuchar, en la historia del rock & roll. Incluso en la ópera, los papeles que requieren este tipo de amplia sonoridad, suelen escasear, y comúnmente se les suple con mezzo-sopranos.



Pero esta voz suena más que sorprendente dentro de la caracterización de Amy, quién se presentó ante el mundo con toda la sinceridad de una ruda princesa descorazonada, personaje al cual ella le agregó una gran elegancia, pero también un toque de vulgaridad callejera, de supervivencia cotidiana. Back to Black es una historia romántica, corta e incendiaria, envuelta en un halo de alcohol y drogas, donde se debate el devenir del amor, en diez rounds muy duros como para resistirlos de pie.



Versa sobre una relación muy apasionada pero también demasiado verde e intensa para prevalecer, un cariño que la protagonista no sabe si es correspondido, que se presenta ennegrecido por traiciones, pero iluminado por un atardecer de adictos, que después de volar muy alto, se estrella estrepitosamente.

Así mismo, en mi pequeña vida estaba ocurriendo un derrumbe similar, un terremoto que acabaría definitivamente con mi fugaz matrimonio gitano. Tal como la suerte se barajeó, antes que pronto, mi propia relación también se desbarrancaría, con el espectacular estruendo de un castillo de cartas que se desploma: “Love is a Losing Game”, “You know I'm no good” y “Me and mr. Jones”, se quedaron grabadas en mi alma con un hierro incandescente.



Aprendí mi lección de la peor manera posible, aunque en nuestro caso nadie tendría que perder la vida, por suerte para ambas partes. Pero yo sí estuve a punto de morir, danzando sobre el filo de un abismo, en el intento de separarme de la que hoy, casi orgullosamente, puedo llamar mi exesposa, como el viejo veterano que soy, de esta batalla ancestral, sino es que eterna: la célebre guerra de los sexos.


Arte por Banksy

Y no puedo dejar de notar, que escuchando el disco de Amy, se me advirtió del peligro mortal, pero aún así tuve que explorar el fondo del pozo personalmente. Al final, tal como el destino se desenroscó, sobreviví a mi propio estúpido intento de suicidio, que por poco funciona, pero me resulta increíble que ella, la gran Amy Winehouse, muriera por aquellas fechas, mientras yo, un perfecto inútil, sigo vivo para contarlo.



Pero Amy era en realidad una criatura muy frágil, como todos comprendimos el día de su muerte, aún si a través de su música, todos pudimos sentir el asombroso poder de su espíritu negro e incontenible. Detrás de ese personaje que se decantaba en el escenario, una señorita malherida estaba muriendo lentamente, frente a nuestros ojos, y nadie supo ayudarla, una vez más, como con todos los miembros del club 27, como suele pasar en las pandillas, o bandas de rock, familias y demás clanes, al parecer nadie nunca sabe cómo meter las manos, para detener un tren que se descarrila en cámara lenta.



En fin, pero la onda es que todos los 23’es de julio, de cada ronda que damos al viejo Apolo, sobre esta atribulada Tierra de Dios, los fieles del jazz y el soul y el rocanrol en general, conmemoramos el trágico fallecimiento de la gran cantante y compositora que fue Amy Jade Winehouse. Y de la misma manera, este 23 del séptimo mes del 2020, conmemoramos el noveno año de su fallecimiento, y este pequeño texto, con una tercia de ilustraciones originales de un servidor, son una especie de ramo de flores imaginario que quisiera dejar en tu tumba, Princesa de la Casa del Vino, nuestra muy querida Amy Winehouse.



Recuerdo el día exacto en que anunciaron tu muerte, al parecer por una congestión alcohólica: Viviste y moriste como todas tus heroínas, tal como la Nina Simone, Bessie Smith o Billie Holliday, con una voz de oro, pero también como una leyenda del jazz ahogada en alcohol, con todo y el final trágico.



De vuelta a mi infiernito, sólo permítanme concluir de esta manera: Después de mil peleas, incluido el sexo de reconciliación, y mil y una batallas estériles, la X’s y yo decidimos separarnos al fin: “I told ya, I was trouble, now you know, that I’m no good”, cantaba Amy a mis oídos, mientras el mundo entero comenzaba a derrumbarse muy lentamente, a un ritmo casi imperceptible, que hoy ha apresurado un poco más el tempo, de nuestro anticuado reloj del fin del mundo. Y yo volví, fracasado, a habitar en la casa de mis padres otra vez, para lamer mis heridas hasta convertirlas en unas muy vergonzosas cicatrices en el antebrazo que, al parecer, me acompañarán siempre, para recordarme la clase de imbécil que puedo llegar a ser, en mis peores momentos, y con mala compañía.





Y así, al terminar con la ex, tras mi tercer y más serio intento de suicidio, tuve volver a pedir asilo político en la Casa que Canta, el hogar de mis padres. Así que volví, y desde entonces, aquí sigo en el frente de batalla, listo para cualquier tragedia que quiera tocar a la puerta, o hasta la visita de la Señora Blanca, la Gran Calavera, si es que algún día tenemos tanta suerte de encontrarla, en mejores circunstancias.

Con respecto a Amy Winehouse, como es bien sabido, ella no corrió con tanta suerte como yo, y no sobrevivió a los embates de sus propios demonios, sucumbiendo trágicamente a sus severos problemas de alcoholismo.



El día que escuché que había muerto por intoxicación etílica, un fatídico 21 de julio, que recientemente conmemoramos, como cada año desde el 2011, mi alma se desplomó, como un piano que cae desde un rascacielos sobre nuestras cabezas; el golpe se escuchó hasta la china, y me dije a mi mismo: “si la vida no tuvo piedad de esta hermosa cantante, genial compositora e increíble mujer, que supo cautivarnos a tantos con su voz incomparable y su sinceridad tan apabullante, ¿qué esperanzas hay, de que se apiade del resto de nosotros, los simples mortales?”… Desde entonces, batallo seriamente para vencer a mi propia adicción al alcohol y otras drogas, además de mi tendencia a cortarme la piel con cuchillos o navajas, y lo hago en parte, en honor de mi querida Amy, cuya muerte aún me exprime el corazón, hasta llorar lágrimas de sangre.



Es una pena que ni siquiera se han reunido todas las canciones que dejó flotando en los estudios de grabación y los escenarios, pues el disco póstumo, Lioness, si bien tiene varias joyas dignas del Back to Black, se quedó corto y dejó fuera otras maravillas como esa magistral de “I’ll Love you more than you`ll ever know”, o ese gracioso Ska que grabó siendo tan niña. Me resulta increíble que aún no se editen como ella se merece, esas otras piezas que ya solo pueden escucharse gratis en la interred, la prisión virtual de tu ánima electrónica y al fin convertida en fríos bits de computadora.



No por nada el mismísimo Bob Dylan dijo que ella fue la última gran diva del rock, lo más grande que haya pasado por los escenarios del mundo, desde la Janis, pavoneándose en los teatros del mundo, más fugaz y brillante que ninguna otra estrella reciente… Hasta que de pronto, como dijo Macbeth, ya no se le vio nunca más, salvo allá arriba, en el firmamento rocanrolero.



Acaso se le puede recordar en vida viendo el desgarrador documental que se realizó sobre su vida y muerte, donde conocemos su relación tóxica con el idiota de su fugaz esposo Blake Fielder Civil, un drogadicto irredento, o la relación edípica y codependiente al máximo con su padre, Mitch Winehouse, un taxista alcohólico sediento de más y más dinero y fama efímera, así como la vez que cumplió su sueño de cantar con el cantante Tony Bennett, un ídolo de su padre, cuya única virtud aparte de procrear a Amy, fue inculcarle la melomanía y el jazz.


Todo, salvo su potente voz, ha desaparecido de la dulce y pequeña Amy. Pero te recordamos, princesa, con el llanto que tú tanto conociste, con el amor apasionado y ciego que tanto homenajeaste, tatuado en el alma como un recuerdo y una advertencia imborrable, como las cicatrices en mi brazo izquierdo: Yo nunca te olvidaré, Amy de mi corazón. Para mí, fuiste una representante terrenal de la mismísima diosa Venus, con todos nuestros corazones rotos a cuestas. Algún día volveremos a vernos, seguro, en el Heartbreak Hotel celestial, sobre la noche estrellada. Ojalá me escuches, a donde quiera que estés. Dios salve tu espíritu tan oscuro y brillante, mi amor, como mi daga de obsidiana. ¡Hasta siempre, Amy Jade Winehouse, la Reina Blanca del Alma negra: God Bless your Black soul!



 
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