Carlos Martínez Rentería| Retiro del brujo blanco



Hace un par de días, un desgraciado seis de febrero de este ominoso 2022, falleció el incansable promotor cultural Carlos Martínez Rentería, un viejo camarada de letras y buen amigo de mi familia, tanto de sangre, como de una pequeña fraternidad universal que nos mantiene unidos por la creatividad de las artes. La noticia me pegó duro, como una patada de mula en el estómago, recordándome que estas corrientes invernales de viento astral, suelen llevarse a varios parientes, amigos o compañeros de vida sin discriminar, como quienes se alejan cabalgando la cola de un cometa, piloteado por la Gran Calavera.



La muerte de Rentería me recordó la fugacidad de la vida y de nuestras relaciones humanas, haciéndome sentir que con Carlos, termina una era para nosotros, sus muchos compañeros de luchas, un puñado de soñadores entre los que me cuento, rebeldes irreductibles de una generación transmilenaria que ha navegado por la vida, a través de este portal de los siglos XX y XXI, como una nave de locos, evitando apenas el naufragio y la deriva en estos tiempos tormentosos, con la pasión de los antiguos marineros y capitanes balleneros. Contra este viento y marea de capitalismos salvajes, malos tiempos y tsunamis económicos e intentos de revolución y transformación social, y finalmente pandemias globales, comandó don Carlangas la ya legendaria revista Generación durante más de la mitad de su vida, con una irrefrenable vocación por la provocación, la libertad absoluta y extrema de las artes contraculturales, en su faceta más sinvergüenza y descarada, mas vital, irreverente e irredenta; allí reunió a muchas plumas de los otrora jóvenes escritores (as) de tendencias alternativas de las últimas y primeras décadas del siglo pasado y el presente, de la capital y otras regiones del país y el mundo, siempre que tuvieran tendencias subversivas o iconoclastas.



A nadie le prometió la gloria o las perlas de la virgen, por aparecer en las páginas revoltosas de su revista anarquista, independiente y autogestiva, sólo abría un espacio libre donde expresarse al gusto, sin las pesadas cadenas de la opresión mental que el maldito sistema y la cultura oficial demandan a sus esbirros intelectuales. Y en eso fue consistente, conciso macizo y preciso, cumplió su cometido de dar voz a muchos marginados artistas de la gráfica y las letras alternativas, se mantuvo siempre fiel a su falta de principios morales y su apoyo irrevocable a todas las causas que buscan la liberación social de las arcaicas ataduras que nos oprimen: por sus páginas desfilaron todas las tendencias literarias más amadas por el personal, las tribus urbanas, se apoyó la legalización de las drogas, la liberación sexual, el respeto a los derechos de las minorías, los indígenas, los derechos de homosexuales y lesbianas, las múltiples expresiones sexuales de la modernidad y un largo etcétera, pues el tono lúdico y erótico de la revista Generación siempre fue como un corazón, dando vida e inyectando entusiasmo a muchos aspirantes a escritores, fotógrafos, dibujantes y pintores entre los cuales me encuentro yo, desde luego, que varias veces colaboré con textos, garabatos y portadas para don Rentería, quién incluso llegó a pagarme con el dinero que generalmente se desaparecía por sus voraces fosas nasales.



Una portada fue sobre la legalización de la mota y otra sobre los cuarenta años del movimiento punk y me consiguió una inolvidable exposición (para mí al menos) en la afamada Pulquería Los Insurgentes, un antro de múltiples apreciaciones artísticas y culturales, que dirigió en los últimos años junto con los patrones del lugar Gustavo Ruiz, Alan Ureña, Raúl Senk y su hijo Emiliano Escoto, ofreciendo cientos de propuestas memorables entre expresiones creativas múltiples originales y genuinas, desde música de todo tipo, excelentes exposiciones (como la más reciente de Daniel Lezama), panchormances o presentaciones y lecturas de libros y un largo etcétera. Y para conectar esa expo, sólo tuve que pasar una noche de parranda terminando en su casa bebiendo, conversando e inhalando hasta el amanecer, convenciéndolo de mi propuesta pictórica.


Foto de Asael Grande

Esa noche fui testigo de los diálogos que ocurrían en su casa hasta la muerte de la madrugada y el arribo del alba, donde los temas que aparecerían en Generación eran discutidos apasionadamente por él y su eterna pandilla de colaboradores y amigos entrañables, como sus inseparables compas J. M. Servín, Guillermo Fadanelli, el ya fallecido Eusebio Ruvalcaba o mi hermano Andrés Ramírez, el camarada antropólogo Axayácatl Gutiérrez, su hijo Emiliano, sus diseñadores y fotógrafos de cabecera, el pintor Felipe Posadas, un ejército de fiesteros y demás damas bellas, artistas de toda clase y noctámbul@s del submundo urbano, algunos delincuentes menores y los ocasionales colaboradores como yo, o músicos fraternos como Benjamín Anaya o la poeta Leticia Luna, todos queridos compañeros de causa, de esta camaradería altermundista, etílica y artística. Y desde luego, como olvidar a su perro, Chewbaca, con quién tuve la fortuna de dormir en un sillón de su casa, un par de horas, cuando ya estaba amaneciendo, y al fin Carlos se fue a acostar, tras una noche de mil y una risas.






También será siempre recordado como un eterno habitante de la Casa del Poeta, pues desde luego él mismo escribía poesía cuando al fin se quedaba sólo, pero allí se reunió con toda clase de flora y fauna practicantes de las armonías subterráneas. Otro de sus territorios preferidos era la gran cantina Covadonga, donde pasó con sus amig@s más horas brindando que el tiempo que pasaba en su casa durmiendo o soñando. Pero uno de sus primeros cuarteles de esparcimiento fue el Café Reforma, donde según recuerda mi carnal Andrés, se enseñaron juntos a tener una opinión crítica y de tendencias zurdas, y zambullirse en el mundo de las primicias, la disertación artística, política y filosófica, la investigación en las novedades o las tradiciones bohemias.



Cuando era un morrito, estudió teatro, lo cual nunca dejó de hacer a su manera, como maestro de ceremonias metido en su personaje. Sé que trabajó en El Universal en sus inicios, y muchas veces leí y compartí las notas de su columna Salón Palacio en La Jornada, que escribió hasta poco antes del final, pero entre estos dos medios, trabajó diversos periódicos y revistas como el Unomásuno, El Nacional, EL Financiero, Milenio, Playboy, Siempre!, o Cáñamo de España; En la Rolling Stone no, que yo sepa, pues aunque era un fan siempre fiel de mi jefe, don José Agustín, nunca fue roquero, era de gustos más populares y trasnochados, pero siempre apoyó la causa roquebria, tal como siempre defendió la legalización y el consumo lúdico y medicinal de la hierba, sin fumar mota, pues realmente casi nunca la probaba aun si yo le ofreciera unas muy buenas. Pero eso no lo detuvo en su solidaridad con los pachucos, siendo uno de los fundadores de la revista Cáñamo de México, junto con Leopoldo Rivera y Julio Zenil, en la cual se ha defendido a capa y espada el derecho de los mexicanos al consumo de hierbabuena. Así mismo, en los últimos meses concretó la apertura de La Juanita coffee shop una tienda de productos relacionados con la cannabis que se situó orgullosamente junto a la Pulquería Los Insurgentes.


fotografía @MarcelaRomn

Pero lo suyo eran los polvos mágicos y los placeres etílicos; y sin embargo, a diferencia de la mayoría que se atreven a hacer de esa mezcla una forma de vida, Rentería nunca fue una persona agresiva, que perdiera el juicio o los estribos, o si así fue, nada grave supongo, pues que yo sepa, cualquier escándalo suyo quedó en el terreno de lo privado. No tuvo mayores líos con la ley a pesar de sus inevitables roces con el bajo mundo, ni lo afectaron realmente algunas ridículas acusaciones que pretendían embarrarlo en las versiones de MeToo nacionales, pues nadie que lo conociera a fondo, podría creerse o tomarse en serio sus acosos bufonescos a las mujeres madrugadoras que entraban y salían sonrientes en su círculo de “perdición”, tras tomarse las infaltables fotos del recuerdo... Era un camarada alegre, un personaje catalizador y festivo en la tragicomedia mexinarca, y estaba casi siempre dispuesto a alegrar a los demás con sus clásicas locuras tras de un micrófono en las presentaciones de su revista y los libros que editaba, aventurándose en la poesía o reuniendo sus trabajos periodísticos o los de otros más, como en Diálogos Pachecos (prólogo de José Agustín), Los Beats en Generación; o el último que publicó: La Bruja Blanca, donde logré conectarle una ilustración en los interiores, y en el cual, como siempre, Carlos pugnaba por la legalización de esta y todas las drogas (amparado por grandes escritores toxicómanos como su héroe Charles Bukowski, Hunter Thompson o el futurista William Burroughs, y todos los Beats, especialmente a Ferlinghetti a quién trajo desde San Francisco a darse uno de sus últimos roles por México).



Su absoluta irreverencia y cínica actitud carnavalezca eran la máscara histriónica de un personaje disparatado y deshinibidor, en cuya presencia, los vicios de la noche perdían su aura de maldad, los mencionados pericos cantaban siempre en sus parrandas ahora legendarias, ese popular viagra para los fiesteros, las rayas de coca, se consumían como las líneas blancas intermitentes que dividen los carriles de la carretera, con el pulso cardíaco elevado convirtiendo los latidos del horizonte encañonado, en picos y abismos que se elevan y caen entre las cumbres nevadas, bajo los rayos y relámpagos neuronales, donde la Bruja Blanca aun reina sobre una noche sin fin…


Ilustración original de José Agustín Ramírez

Pero todos esos malos hábitos, que al final acabaron con él, todo ese polvo blanco que se perdía entre sus narices, y las botellas que lo acompañaron, lejos de convertirlo en una bestia, también hicieron de Carlos el perseverante editor de la revista chilanga subterránea contracultural independiente más abierta, longeva, resistente y aguerrida de los últimos tiempos. Estar con él y departir en esas tertulias bohemias creativas y de aspiraciones incendiarias, será siempre uno de los recuerdos más atesorados de mi amistad con él. Podía convertir los vicios nocturnos en un bálsamo embriagante puro, como un Brujo Blanco, y en sus fiestas interminables siempre había buena vibra y mucha amistad libertaria, en el aire lleno de humo y música. Aparte de mi breve relación laboral con él (entre otras travesuras, me encargó un panchormance con La Congelada de Uva, otro personaje del submundo histriónico underground chilango, en el Multiforo Alicia, donde ella me pidió que le diera latigazos dentro de una jaula colgante), su amistad y la de su pandilla, que comparto con mi padre, (a quién le organizó un par de festejos y homenajes en Lagos de Moreno) mis hermanos y otros camaradas, se volvió entrañable con los años, al final casi familiar, lo cual descubrí durante su última visita a la casa de mis padres, de la cual fui testigo y organizador. Pues Carlitos no podría largarse de este mundo, sin antes despedirse de José Agustín, a quién, como muchos entes creativos y libertarios, consideraba su guía literario y mentor psicotrópico.



Nunca pensamos que esa sería su última visita, pero como resultaron las cosas, a la luz del trágico evento que nos reúne, así se desenroscó esta serpiente del futuro.

Carlos solía platicar la anécdota de que, cuando mi hermano Andrés se mudo de Cuautla a la gran ciudad, con la misión de estudiar antropología en la ENAH, Rentería ya era un buen amigo de mi papá, pues era fiel admirador suyo y lo había entrevistado en los inicios de Generación, de modo que le encargó a Carlos que cuidara de su hijo y le echara la mano en adaptarse a la Neo-Tenochtitlán. Y Rentería se carcajeaba burlón evidenciando que no podía haber dejado a mi hermano en manos de un chamuco más chocarrero que él, quién ni lento ni perezoso, invitó a mi hermano a recorrer sus rincones favoritos, cantinas u otros tesoros arquitectónicos, y demás conexiones con el bajo mundo cultural chilango, y sus circuitos viciosos de depravación y desenfreno, jar jar, vaya no tanto pero, como decirlo, uno nunca se aburría con el Charles, recorriendo las calles oscuras, iluminadas por neones de todos colores, en las noches brillantes de la Gran Ciudad de México.



Escribir todo esto, desde que amaneció y, tras dibujar una Coatlicue antes de comer, para retomar el texto hasta pasada la media noche, ha sido para mí una montaña rusa de recuerdos y emociones. Pero principalmente, a parte del extrañamiento, debo subrayar que ha sido doloroso, despedirnos de ti, desgraciado. Se siente un vacío en el ambiente y en las venas, que ninguna substancia podrá llenar.


Desde que, recientemente nos enteramos que había tenido varios ingresos al hospital, comenzamos a temer lo peor. Pero Carlos parecía indestructible, por su eterna actitud festiva, y porque carecía de miedo a la vida y a la muerte. O al menos, representó ese papel con un heroísmo estoico que lo mismo era creativo que autodestructivo. Carlos trató de darle gusto a ambos, su Ángel y su Diablito, por lo que su muerte podrá ser un dilema para los jueces del más allá, que a su llegada podrán celebrar una fiesta entre el cielo y el infierno. Pero confiamos en el poder de su luz para abrirse paso en lo desconocido, tal como deja una estela de amor y fraternidad para quienes lo conocimos.



Pero para alguien que ha vivido bajo la ley de los excesos al límite, sin reservas ni vergüenzas, sesenta años de edad me parecen más que decorosos, razonables y hasta prudentes, para vivir en un mundo que se deteriora igual o más rápidamente. Son los sobrevivientes los que se quedan con las herencias y las deudas, los pecados o virtudes de los padres o madres fallecid@s, con las fiestas y las penas, las farmacodependencias o las curas milagrosas, el placer y el dolor, diría Juana’s adicción, de haberte conocido y ahora de dejarte ir.



Ilustración original de José Agustín Ramírez- Rentería y Servín

Debo reconocer que escribo esto porque la vida me obliga a hacerlo, no tengo el menor deseo. Y no puedo dejar de recordar también el reciente fallecimiento de mi tío Gerardo de la Torre, otro viejo maestro en esta materia de sueños llamada literatura, cuyo deceso fuera reportado en latitudes similares por mi prima, la Yuyi. Yolanda de la Torre, recordando su última parada en la casa de don José Agustín, el gran escritor y otrora joven tremendo, para la revista Proceso.



Pero en esa última visita de Carlos Martínez Rentería, debido a los problemas de salud de mi papá, a raíz de su mentado accidente, ya no se atrevió a tentarnos con rayas de coca en el baño o en la misma mesa del comedor, cosa que solía hacer para espanto de mi madre, tal como nos compartia siempre de su desastre habitual, en fiestas y ocasiones en que nos reuníamos y hasta en la misma casa de mis jefes, durante otras visitas hace algunos años; pero repito, él tenía ese poder de transformar esa droga dura, fresa, cara y nociva, y el alcohol tan desvirtuado ya, en elixires que recobraban su carácter esencial, y yo diría hasta sagrado, aunque el quizás se reiría como aquella tarde, y nos recordaría que era ateo de hueso colorado, y que no veía a Dios escondido por ninguna parte en el jardín de mis jefes, a lo cual algunos nos apresuramos a desmentirlo. Pero ahora, la verdad, con su partida, como siempre que se va alguien muy querido, nosotros los sobrevivientes, nos quedamos absortos, con nuestros dioses en la boca, o con las esperanzas atoradas en la garganta, las bendiciones rondando como espíritus en el pensamiento, el anhelo desesperado de volver a encontrar a los seres queridos, de una vida eterna o un salto trascendental, más allá del vacío final sin retorno que nos ofrecen los escépticos y quizás los taoístas, que miran al abismo con buenos ojos. Pero algunos soñadores esperamos que una vez más, como con mi tío Gerardo y ancestros como José Revueltas, este camarada ateo sin arrepentimiento, sea aceptado como una excepción necesaria para alegrar el Cielo, aunque sus compas más irreverentes también podemos imaginarlo enfiestándose con el Diablo y pasándosela a toda madre en el Infierno.



Pero en fin, volviendo al principio, como una serpiente que se muerde la cola, ya para dejarte descansar en paz o irte a volar rumbo a tu destino, carnal, quisiera decir, con una copa en la mano y un popote en una oreja, que tu partida sorpresiva, dolorosa y prematura, aun si fue otra crónica de una muerte anunciada, es una pérdida irreparable para el mundo subterráneo de la Nueva Tenochtitlán y anexas internacionales, deja un vacío inconfundible en la controvertida y trascendental contracultura mexicana, y ya sólo nos resta decir: Adiós, gran amigo, a la cabeza de la banda pesada, en esta aventura, tú vas primero otra vez, intrépido y audaz como siempre, hacia el gran misterio de la noche o la luz eterna… No hay duda que la pandilla te recordará siempre que canten los vasos y la música trasnochada, y esperamos que ya tengas un vino del inframundo o ya de plano uno celestial, para brindar con nosotros, donde quiera que estés, con un hasta siempre... ¡Salud, Hermano!



 

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