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100 AÑOS DE EBRIEDAD (Brindis por el maestro Bukowski)


Este bello domingo 16 de agosto, del fatídico 2020, ya bien sumergidos en la pandemia nuestra de cada día, se cumplen cien abriles desde que nació Charles Henry Bukowski, el renombrado escritor maldito, padrino de todos los amantes del fervor etílico y su tren subterráneo de poesía y narrativa contemporánea. Quién alguna vez caminara por las sucias calles de la pesadilla americana, recorriendo y reescribiendo las entrañas de los Estados Unidos en sus desventuras, naufragando en un mar de vino y cerveza, pero principalmente en una pequeña Babilonia soleada y tropical, mal llamada la ciudad de Los Ángeles.



Deambuló por los senderos del perdedor, observando el mundo con una mirada única, a través del vidrio ensangrentado de una botella rota: la suya fue una visión ruda, pero llena de amor y pasión, principalmente por las mujeres, la música clásica y la literatura de los bajos fondos, con un estilo de narrar a veces sórdido y violento, por lo que sus detractores, fieras hordas de académicos e intelectuales muy finos y elegantes, no se cansan de tildar sus libros de viles garabatos en un baño público.


Ilustración por José Agustín Ramírez

Pero en muchas ocasiones es luminoso y alegre, inspirado y espiritual, a su manera, como suele ser un buen bebedor. Su estilo añejó con los años como el buen vino, hasta que alcanzó el merecido éxito a través de sus letras filosas y sumamente divertidas, plagadas de un submundo de personajes marginales y demás sujetos ordinarios o extraordinarios, quienes jamás imaginaron que sus percances, delitos y transgresiones, pudieran acabar retratadas con tal piedad y malicia, en historias traducidas a muchos idiomas, pues los poemas y cuentos de Bukowski, se pueden leer lo mismo en japonés que en español e inglés, italiano o alemán, el idioma de su familia materna, por cierto.



Vivió sus muy honrosos setenta y tres años, a pesar de ser uno de los alcohólicos más célebres en la historia de la literatura, hasta que la leucemia acabó finalmente con él. Pero hoy hubiera cumplido cien años ni más ni menos, si no hubiera muerto físicamente, tal como sus letras siguen vivas y ya se antojan legendarias, o por lo menos inolvidables, para mí y el resto de sus fieles y embriagados lectores. Así que este día brindamos por el maese Bukowski y le dedicamos este pequeño texto acá en la Lokomotora, donde además les adjuntamos un par de poemas inspirados en los trenes de antaño, así como unas fotos e ilustraciones originales de un servidor, dos retratos que le realicé al maestro, y que amablemente me compró el camarada Axayácatl G., un hermano escritor y antropólogo, de la pandilla de la depravada revista Generación (¡Saludos a Rentería, Fadanelli, Servín, Emiliano y Chuvaca!); Esperemos que este rollo embriagador y estas queridas imágenes, les ayuden a conmemorar el centenario luctuoso del viejo indecente y bebedor, el genio dentro de la botella, cuyas grandes obras permanecen ardiendo, en mis recuerdos más nebulosos.


Ilustración de José Agustín Ramírez

Mi primer acercamiento al viejo Hank, alias Henry Chinaski, fue en la película Barfly (1987), que mi jefe, don José Agustín, otro gran escritor y alcohólico irredento, me permitió ver cuando era adolescente, a una edad que seguramente sería inapropiada para muchos padres e impensable para otros tantos escritores decentes. Se trata de un cotidiano pero excelente filme del francés Barbet Schroeder (autor de More, una película sesentera con música original de Pink Floyd, o La Virgen de los Sicarios, basada en la novela de César Vallejo), que sigue el devenir diario del gran escritor y bebedor, en sus años antes de ser descubierto, y convertirse en una celebriedad, cuando vivía como un miserable, paseándose de bar en bar, buscando pleitos y romances enloquecidos. Contó con la célebre actuación de un joven Mickey Rourke y el atardecer de la diva Faye Dunaway.



Pero si esa ya la vieron, o no, no es mi bronca, más, a continuación, les recomiendo acá toda la filmografía que he visto, basada en sus novelas o cuentos, imperdibles si se consideran buenos bukowskianos: Factotum (2005) de Bent Hammer, con las excelentes actuaciones de Matt Dillon y Lili Taylor ( en el papel de la mítica Jane, su novia demencial de las eras salvajes) y Marisa Tomei; Storie di ordinaria follia (1981), de Marco Ferreri (con Ornella Mutti como La mujer más bella del pueblo y Ben Gazzara, como Chinaski); También la francesa Crazy Love, o Love is a dog from hell, de 1987, basada en tres relatos de Henry, donde destaca The copulating mermaid of Venice. De igual manera, no se pueden perder el magnífico documental Born into this, de John Dullagan, estrenado en 2012, que recorre su vida y obra hasta la llegada de Linda, su última esposa y la compañera de sus últimos días. En el entrevistan a Bono de U2 (quién le dedicó la rola “Dirty Days”, del irregular Zooropa), o a su hermano del alma, Tom Waits, así como el cineasta Schroeder (quién finalmente compartió varias horas de entrevistas que le realizó durante la filmación de Barfly) y otros buenos artistas como Sean Penn y roqueros fanáticos del Buki.



El primer libro que leí de él, fue una edición en inglés de una de sus colecciones de cuentos, que aún reposa en el librerinto de mi padre: The most beautiful woman in Town, al cual siguió Música de Cañerías, ya en las ediciones españolas de Anagrama, la cual me prestó ni más ni menos que el célebre pintor Arturo Rivera, y obvio me encantó, pero tuve el descaro de robárselo. Seguí con sus cuentos, el Hijo de Satanás, La Máquina de Follar, Erecciones, exhibiciones y eyaculaciones. Luego me metí con su poesía, esos textos vivientes, que el buen Buk lanzó al mar, embotellados, sin mayores esperanzas. Recuerdo que memoricé algunos y realicé un panchormance en el Bar Alicia (Salud, Nacho Pineda), recitándolos con buena recepción, en uno de los pocos espectáculos teatrales dignos que pude realizar en mi breve paso por esas artes, una noche en que fui feliz bajo la sombra de tu cálido fantasma, querido Chinaski.



Amé su poética aunque mi querida amiga y gran poeta Leticia Luna, me debatía que sus disparates no eran poesía por carecer de metáforas, y la verdad es que sí son esencialmente narrativa, pequeños cuentos abreviados, pero que muchas veces alcanzan grandes alturas de sensibilidad y gracia.

También me aventé varias de sus novelas, que mucho les recomiendo: La primera fue Mujeres, que relata sus primeros años ya como un escritor underground, y sus relaciónes efímeras con varias mujeres que lo buscaron por su trabajo literario, pero se quedaron a vivir con él por su gusto por las bebidas embriagantes, el sexo irreverente y la vida loca del improbable escritor. Después me aventé Cartero, sobre los doce años que Bukowski se aventó en tal oficio. Disfruté muchísimo de Hollywood, su novela autobiográfica donde narró las aventuras que él y Barbet se chutaron para lograr filmar Barfly. Fue el primer libro que compré en el tianguis del Chopo, y cuando lo acabé se lo rolé a mi papá, quien lo devoró y después se lo pasó a mi tío Guti, que ya se encontraba enfermo de un cáncer terminal, pero se lo dejamos en el hospital y le arrancó algunas de las últimas carcajadas sinceras que podría experimentar, gracias al hechizo de la literatura.



Finalmente, si no olvido alguno, cuando salió me leí también El Capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, que es un libro de diarios, de lo último que escribió y que se publicó póstumamente, con unas muy sentidas ilustraciones del gran jefe del comic psicodélico y underground, don Robert Crumb. Me faltan La senda del Perdedor (Ham & Rye), y Pulp, su parodia de la novela policiaca.



En fin, es domingo y yo me hallo bebiendo unas cervezas bien frías con mi novia, la hermosa Karen, y creo que el espíritu de Bukowski, allá en el cielo o el infierno o donde quiera que esté, estaría orgulloso de que haya escrito un par de hojas para él, pequeño tributo etílico en su honor, pero estaría más satisfecho si dejamos de golpear la piñata de sus obras, para tratar de sacarle más magia y adoración, y lo dejemos en paz, bebiendo en el más allá con Li po, quizás el Parménides mexica, o Eusebio Ruvalcaba y el gran Louise Ferdinand Celine, escuchando a Schumann y Schubert tocando un órgano cósmico, mientras brindan con nosotros, los pobres mortales acá en la Tierra, que levantamos nuestras copas al cielo, esperando respuesta, y derramamos otro poco de mezcal en el suelo fértil, y decimos “salud” por Bukowski, por Dionisios y por el vino sagrado: “La causa y la solución para todos los problemas de la vida”, como diría Homero (Simpson), ¡Salud, motherfokers, a la salud del viejo Bukowski, y por todos mis amigos!


The railroad yard

Charles Bukowski


The feelings I get

driving past the railroad yard

(never on purpose but on my way to somewhere)

are the feelings other men have for other things

I see the tracks and all the boxcars

the tank cars the flat cars

all of them motionless and so many of them

perfectly lined up and not an engine anywhere

(where are all the engines?).

I drive past looking sideways at it all

a wide, still railroad yard

not a human in sight

then I am past the yard

and it wasn’t just the romance of it all

that gives me what I get

but something

back there nameless

always making me feel better

as some men feel better looking at the open sea

or the mountains or at wild animals

or at a woman

Ilustración por José Luis Vicent

I like those things too

especially the wild animals and the women

but when I see those lovely old boxcars

with their faded painted lettering

and those flat cars and those fat round tankers

all lined up and waiting

I get quiet inside

I get what other men get from other things

I just feel better and it’s good to feel better

whenever you can

not needing a reason.




Ilustración de Robert Crumb

 
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